15 febrero 2007

Dos negritos

Qué feliz era con sus dos negritos del Congo. Qué exótica y liberal se hallaba cuando escribía en su diario de ruta cómo eran sus sensaciones en su nueva calidad de bígama. Notificaba que sus amantes olían a vainilla y azafrán, que sus pieles eran como sábanas de cashmere sobre la suya, que tenían unos dientes blancos, perfectos, inmaculados, con los que cortaban brotes y tallos, y explicaba que sí, que podía corroborar "el mito" por partida doble. Defendía que la felicidad suprema y universal (la que fusionaba las almas), se escondía en selvas con humedad de un 60%, rodeada de dos cuerpos cuyas glándulas sudoríparas estaban estimuladas las 24 horas del día, retozando entre lenguas del amor como el kilongo o el swahili, entre bonobos y jirafas moteadas. El único inconveniente era que desteñían un poco... una minucia sin importancia que no se molestaría en recoger entre sus páginas. En algún momento enviaría el diario a sus amigas desde Kinshasa para hacerles saber que estaba viva, extasiada y palpitante.
Le parecía una imagen tan tierna mirarles dando vueltas alrededor de aquella olla de la pasión; invocando a la deidad de la fertilidad, al chamán del orgasmo sincronizado, al espíritu de los efluvios dorados.
- Olla burbujeante... bûrù-bu-burù, burbujeante- cantaban y danzaban los negritos.
El diario fue un fantástico manjar para los escarabajos taladradores de madera. Los caníbales de Villanueva del Fresno sabían bien cómo enamorar a turistas desorientadas del grupo en expediciones selváticas.
(Imagen: Tous les nomes sont déjà pris...)

08 febrero 2007

Católico apostólico


Le gustaba decir en las conversaciones de ambulatorio que tenía tres personalidades que se fundían en una “como la Trinidad”. Adolf Baltuzthzer era hipocondríaco, supersticioso y católico apostólico. Era evidente que todo estaba escrito de manera explícita; con frecuencia debía abandonar el trabajo por “desórdenes gastrointestinales” al ver un paraguas abierto en la oficina o porque la virgen María le había advertido que su madre se había dislocado la cadera (tenía problemas óseos pero no tan graves como los suyos). Comía col verde porque lo auguraba la marquesina del autobús que se situaba enfrente de su portal y cambiaba de menú cada quince días, cuando lo renovaban por uno de maquinillas de afeitar. Se enamoraba de patologías con nombres extraños y las hacía suyas porque le daban un aire de intelectual: adrenoleucodistrofia, aspartilglucosaminuria, poliquistosis renal autosómica dominante... Explotaban en su boca al pronunciarlas como los sobres efervescentes con sabor a naranja que compraba en la farmacia.
Cada invierno Adolf Baltuzthzer hacía una terapia depurativa de cuerpo, alma y espíritu cayendo en pecado, entonces ponía en marcha todos los mecanismos de defensa y se fortalecía: buscaba faldas, dejaba de tomar antihistamínicos, perseguía gatos negros, recogía zapatos de tacón y medias de cristal bajo su cama, pintaba bigotes en las estampitas de los santos, bebía cerveza, se disfrazaba de frankfurter, descuidaba el orden y se olvidaba el pastillero en el cajón cuando salía de casa con la camiseta de la selección nacional de fútbol brasileña.
Una vez concluida la terapia acudía a la iglesia, el párroco le mandaba quince avemarías y entonces suspiraba aliviado auto-diagnosticándose: superviviente crónico.


(Imagen: Theodotos)

23 enero 2007

Cambio climático


Nunca aceptó los cheques; “575 euros, páguese al portador”, “Vale por una semana en Holiday Park Resort; ¡ni se lo imagina!” que le llegaban a su nombre a la dirección postal de la televisión estatal para la que trabajaba. Jamás pensó por un segundo en aceptar los chantajes de complejos hoteleros, chiringuitos de playa, estaciones de ski, acuaparks o parques temáticos. El hombre del tiempo, en su espacio de cinco minutos, explicaba detallada y minuciosamente cómo afectaría, durante la jornada, la calima en la recogida de percebes y berberechos o cómo influían los anticiclones en que la ropa encogiera tras el lavado. Y por qué las rachas de leve a moderado alterarían el ciclo menstrual de las menopáusicas y qué tenían que ver las depresiones barométricas en las probabilidades de que los maridos consiguieran o no clavar un cuadro con éxito en las próximas 24 horas.

Precisamente porque todo estaba interconectado, le parecía inaceptable informar en su espacio de las nueve y cuarto de la noche que el próximo fin de semana los termómetros rozarían las temperaturas máximas (para que de esta manera los apartahoteles llenaran sus reservas), cuando en realidad era la época más propicia para buscar caracoles. Aunque le tentaran, tampoco era capaz de “aconsejar” a los televidentes a que ataran las tablas de snow en la vaca del coche sin pensarlo, en un invierno en el que se podían deshojar margaritas.

Única y excepcionalmente, se atrevió a modificar el parte meteorológico aquel domingo. No pudo resistirse en culpar a ese “terrible anticiclón” que estaba entrando por Ceuta y Melilla, para invitar a los recolectores de setas y de trufas a que se quedaran a leer el suplemento dominical en el calor del hogar; no había nada en el mundo que le diera más placer que salir a pasear por un campo solitario encima de su globo sonda.

El lunes siempre estaría a tiempo de rectificar achacándolo al cambio climático.


(Imagen:3amfromkyoto)

14 enero 2007

Polvos de arroz


Armando Boyer adora desvelarse de una a cinco de la madrugada de miércoles a domingo, porque en esa franja horaria emiten su programa de radio nocturno favorito. Mientras escucha las confesiones de solteros atormentados, amas de casa hiperactivas, camioneros con exceso de verborrea y taxistas esperando jovencitas a la salida de los disco-bares, aprovecha para empolvar su cara con polvos de arroz, frotarse los dientes con bicarbonato o preparar unos enjuagues de vinagre y limón que le ayudan a mantenerse esbelta. Le gusta llamar al programa a eso de las tres y veinte. La locutora entonces, sugerente, repite las mismas palabras: “Sintonizas 'El Confesionario' en riguroso directo, tenemos con nosotros a Ramona desde Toledo. Buenas noches, Ramona ¿qué te gustaría confesar a nuestra audiencia?” Entonces deja tres segundos de silencio en los que inventa una historia. 1, 2, 3... Carraspea y hace su voz tan aguda como la de las fruteras del mercado de la Boquería.
El programa ofrece el estándar de unos cinco minutos para cada intervención telefónica, aunque en algunas ocasiones conceden casi el doble del tiempo estipulado si consideran que la historia va acompañada por un extra de drama. Armando Boyer intenta ganar cada vez más segundos inventando más y mejores historias. Hoy es una monja toledana embarazada en un convento de clausura, ayer fue un empresario a punto de saltar desde la ventana de su oficina en un duodécimo piso de la Gran Vía, y mañana escuchará unos mensajes del más allá procedentes del extractor de humos de la cocina... aunque, pensándolo detenidamente, quizá opta por ser un boxeador de nariz partida con vocación de bailarín del Royal Ballet, aún no lo tiene claro. A día de hoy su récord han sido quince minutos cuarenta y siete segundos de su reloj isabelino. En el fondo Armando Boyer es muy pudoroso; jamás, ni retorcidamente..., n-u-n-c-a, se atrevería a confesar a los oyentes que ella es la reina de Saba.
(Imagen: Robert Laska)

14 diciembre 2006

Adolescente a los 40


Ya no tenía edad para andar saltando por las camas como si fueran colchonetas elásticas, pero era inevitable, no podía resistirse a comprobar las propiedades de rebote (tiempo de ascenso y caída) en colchones de hoteles, estudios de amantes esporádicos y apartamentos turísticos de la costa.

Debía haberse pasado hace unos cuantos años al café solo y a la sacarina, dejar de echarse cacao a la leche; acudir al primer bar que viera abierto por las mañanas y pedir un desayuno cualquiera “rápido, por favor”. Toleraba mal las cenas de navidad de la empresa porque le costaba seguir una conversación filosófico-poética mientras se concentraba en apartar con disimulo los guisantes y la zanahoria de la ensaladilla; aún no soportaba la textura de determinadas verduras y hortalizas. Le avergonzaba que le recriminaran que siguiera mordiéndose las uñas y muchos no creían que pudiera salir de casa sin pañuelos de papel y sin un protector gástrico en prácticos sobres de 1’5 mg dentro el bolso para después de las comidas. Tenía que haber empezado a pensar en lencería fina, en ir al cine Doré y comenzar a ver películas en versión original. Mover el dial, abandonar los cuarenta principales, pasarse al jazz, al vino espumoso, invertir en arte, olvidar los amores platónicos, tirar las bolsas de palomitas de colores que guardaba en la despensa para los días festivos…regalárselas al portero, despegar el póster de John Travolta de la pared de su habitación y cambiarlo por uno de Pollock. La adolescente a los 40 no había podido modificar su hábitos, sabía que sus costumbres se habían prolongado por un periodo de tiempo no demasiado habitual, pero en su contradicción se preguntaba a quién podía hacer daño que aún se emocionara al encontrar la letra de la sopa que le faltaba para terminar de construir su nombre en el fondo del plato: R-O-S-A-R-I-

“A nadie”- se repetía. Y continuaba buscando.
(Imagen: Caryn Drexl- No more jumping)

22 noviembre 2006

Obviedades


Dolores no necesitaba un amor que se hiciera llagas en los dedos exprimiendo naranjas cada mañana a eso de las seis para acercarle un zumo al pie de la cama, tampoco quería que se prestara a llevarla al trabajo en la parrilla de la bicicleta si ese día el metro había dejado de funcionar en la ciudad. No suspiraba por un amante que le sorprendiera con petunias, bombones y tarjetas postales de corazones cada aniversario (4 veces por mes): la primera ocasión en que se dijeron “hola”, su primer “oh, ha sido fantástico”, su primer “necesito tiempo” y su primer “no volverá a suceder”. No quería un hombre que le enviara emails desde el trabajo a las nueve y cinco de la mañana diciéndole que ya le echaba de menos, tampoco necesitaba que le compusieran canciones, ni que le escribieran poemas en papel reciclado en donde rimara corazón con armazón y Dolores con flores.
No lo necesitaba sencillamente porque lo consideraba algo obvio.

Dolores quería un hombre que le dijera que se cortaría el dedo gordo del pie si ella le enviaba un sms de madrugada pidiéndoselo, esperaba un hombre que contratara a la tuna para cantarle al alba y celebrar, así, que se acababa de dar mechas en el pelo. Necesitaba que ese señor al despertarse le dijera que iría hasta la costa “más cercana” (a más de 374 kilómetros de Madrid) a pescar un atún para la comida, que sólo se preocupara del perejil. Quería un hombre que se aprendiera de memoria la obra de Percy Bysshe Shelley y de Lord Byron para recitársela si se le rompía una uña. O es que… ¿acaso era pedir demasiado a un enamorado?

16 octubre 2006

Coffee-gofre express


Diane había conseguido ser la empleada del mes una media de 52 semanas al año, puntuación que debería multiplicarse por sus cerca de treinta como empleada en el “Coffee-gofre express”. Eran pocos y en muy escasas ocasiones los trabajadores que conseguían sacarle ventaja. Recuerda que un tal Robert lo logró al preparar el mayor número de tortitas por minuto que se había visto hasta el momento, en otra ocasión la afortunada fue Clarice, su sencilla premisa “mayor número de propinas directamente proporcional al ángulo de abertura de mi escote” tuvo excelentes resultados. El resto de ocasiones solía ser Diane la merecedora de la distinción mensual de la empresa.

A Diane le gustaba ser servicial; dos dedos de espuma en el café (siempre), doble de chocolate (para los chicos jóvenes), sacarina (para las señoritas con minifalda), puro (en la bandeja de los hombres con bigote), croissant con mermelada (para las madres que acaban de llevar a sus hijos al colegio), bollos de leche (para las abuelas que acaban de recoger a sus nietos de extraescolar). La experiencia hacía que su trabajo fuera más eficaz, rápido y mecánico. Por eso ahora le era fácil dedicar menos tiempo a tomar nota, preparar el servicio y servirlo en la mesa -siempre de manera excelente- para dedicar el resto de su jornada a lo que realmente le gustaba de su trabajo: observar y hacer conjeturas. En la 3 un joven escribía panfletos “medicina natural y alternativa contra el insomnio de su pez doméstico. Llame sin compromiso”. Probablemente el negocio funcione, pensaba. En la 4 un par de adolescentes se cogían la mano, sonreían y se besaban tímidamente cerrando los ojos con fuerza. La camarera calculaba mentalmente el tiempo que les quedaba para agotar la primera fase de enamoramiento y las probabilidades de que ella le fuera infiel al chico por el que ahora pestañeaba teatralmente.

En el fondo Diane era una romántica que forraba con hojas de periódico sus libros de Danielle Steel. Lo que realmente le motivaba todas las mañanas cuando se colocaba su atuendo de trabajo (cardado de pelo, chaqueta satinada y blusa color rosa palo) era pensar que hoy sería el “Gran Día”: la jornada en que un desconocido le pediría un batido de fresa maxi-size con barquillo, sirope de naranja y dos pajitas; una para él y otra para la empleada del mes.

(Imagen: Matt Hoyle)

05 octubre 2006

Sesenta y tres por ciento


Empezó los trámites de la empresa justo después de terminar de leer el reportaje central del Asahi Shimbun, el rotativo explicaba la situación de los japoneses entre los treinta y los cuarenta años.
“Han logrado una vida llena de éxitos profesionales debido a años de duro esfuerzo académico, de lucha laboral y perseverancia, sin embargo más de un 63% de los japoneses treintañeros confiesa no tener una pareja estable, vivienda propia o un sillón-relax con mando a distancia en su piso de alquiler. En definitiva; los Shuame como se les ha empezado a llamar, son considerados ya como unos auténticos fracasados en nuestra sociedad”.
Mashumi abrió su tienda al público para satisfacer las necesidades de ese sesenta y tres por ciento. Puso a disposición de sus clientes pisos exclusivos con toda la tecnología necesaria para impresionar al jefe y a la mujer del jefe, además se podían contratar los servicios de novias, novios (con personalidad y oficio a escoger), o prometidas (con sortija) para llevar a la cena de la noche de navidad o en la fiesta del cumpleaños de la abuela. Se prestaban bolsos y vestidos de diseñadores, un marido atento y dos hijos cariñosos para la reunión de antiguos alumnos de la universidad. Ofrecía una cocinera discreta que preparaba nigeri-sushi, unagi o tempura en el domicilio, que desaparecería justo antes de que llegaran los invitados. Además existía la posibilidad de crear paquetes y combinarlos según las necesidades de cada usuario porque se ofrecían excelentes facilidades de pago; bonos, mensualidades, préstamos o descuentos dependiendo del número de servicios y cobrando únicamente las fracciones, horas, o días de préstamo.

El mismo día que Mashumi cumplió los treinta y seis decidió abrir una franquicia, no porque no pudiera atender a la demanda de todos los Shuame, sino porque ella también quería contratar los servicios de su empresa.
(Imagen: Maleonn Ma)

26 septiembre 2006

La publicación


Fueron la familia escogida para la portada del anuario “Familias Marianas unidas en confraternización”. Su fotografía sería impresa en el número 27 y llegaría a los buzones de los 376 hogares de la congregación en el mes de marzo aproximadamente. La selección era un proceso largo y costoso que constaba de varias fases: test de afinidad entre los miembros de la familia, nivel de entendimiento frente a las adversidades, degustación culinaria, mantenimiento básico de la instalación eléctrica del hogar, cuidado y adecentamiento personal y desparasitación de los animales domésticos, entre otras. Estaban orgullosos, formaban un buen equipo; Sarah, la pequeña, ayudaba con el pastel de zanahoria que mamá preparaba los domingos, mamá Chapman ayudaba a papá cuando subía al tejado para sintonizar la antena de televisión después de una fuerte tormenta y papá Chapman ayudaba a Sarah dando mantequilla al molde en el que se hornearía el pastel de zanahoria.

En un extenso reportaje de unas 10 páginas se describía la historia familiar y se daban consejos útiles con titulares como: “50 claves para que vuestra familia se parezca a la de los Chapman” o “Construid juntos un submarino de maqueta como el del señor Chapman”. La publicación fue un éxito, les llegaron cartas para felicitarles por la fortaleza de sus lazos desde países que nunca habían escuchado: Suiza, España, Holanda o Zimbawe. Entonces se abrazaban y lloraban emocionados. Cuando recibieron el ejemplar en su domicilio se sintieron profundamente satisfechos, les encantaba la expresión de su rostro, los colores brillantes, el vestuario y el decorado que habían escogido para la fotografía: el taburete, las babuchas, la alfombra persa, el color de la corbata, la enciclopedia como alzador… lástima que a mamá Chapman se le olvidara pintarse las uñas de su color favorito.

(Imagen: Robyn Cumming)

18 septiembre 2006

Cazarrecompensas


Era el cazarrecompensas más afamado de la ciudad, catorce años como profesional le daban el prestigio suficiente como para tener trabajo treinta o treinta y un días al mes. Empezó en esta profesión por casualidad cuando un día de primavera encontró una maleta extraviada en uno de los andenes del metro de Nueva York, concretamente en la estación de Astor Place. Su primera entrega fue sencilla: Buscó la tarjeta con los datos postales, cambió su rumbo (el pastel de carne de su madre tendría que esperar) y se dirigió hasta Brooklyn Bridge-City Hall. Encontró la casa de planta baja y entregó el equipaje a su agradecida y septagenaria dueña, que además de darle a conciencia dos sonoros besos en la comisura de los labios le ofreció galletitas con pasas y naranja en el interior de la estancia.

Después y casi por obligación tuvo que devolver a Duni, el gato de angora de la señora Loggins, 300 dólares por la mascota de compañía. Luego fueron relojes con incrustaciones de cuarzo -500 dólares-, carteras de Louis Vuitton -450 dólares-, caniches, malteses o chihuahuas de pelo corto y brillante. Era fácil encontrar a las dueñas de cada pertenencia; todas las entregas llevaban escondida una pequeña indicación, un teléfono o número de puerta.

El cazarrecompensas entonces accedía a tomar té, limonada, magdalenas caseras y barquillos sin azúcar cuando los maridos se habían ido, o quince años después de que hubieran muerto; devolviendo así cada entrega con un extra de lubricidad. Antes de irse tomaba los sobres que las señoras le daban con la suma de dinero que éste consideraba aceptable “dependiendo de la distancia, dificultad y riesgo”-decía, “dependiendo de las arrugas y la turgencia de la piel”-pensaba. El cazarrecompensas aseguraba así una segunda entrega.
(Imagen: Sven Jacobsen)

12 septiembre 2006

Colirio de farmacia


No era fácil mantener la mentira siete días a la semana. Dos amantes significaba multiplicar todo por dos: número de citas, zapatos, prendas en el armario, cambio de sábanas y coladas diarias. Era difícil mantener la naturalidad para que todo encajara como un engranaje perfecto; la sonrisa impecable, los ojos brillantes. Por eso nunca olvidaba llevar en su bolso el kit imprescindible para ser la perfecta enamorada: la agenda de anillas, el pintalabios 148 hot kiss y el colirio de farmacia (posología: 1 a 2 gotas antes de cada cita).
Biagio era atento y cuidadoso, ordenado y fiel. Le decía que algún día se casaría con ella, le prometía una casa en el campo, cuatro hijos, un perro y un jardinero que se preocuparía de darle formas originales a los arbustos. Biagio sabía escuchar sus problemas y además le ofrecía soluciones coherentes.
Edmundo desoía sus preocupaciones, asentía mientras le tocaba el muslo, y silenciaba sus palabras a besos. Edmundo era pasional, masculino, y bohemio. Cuando estaba con ella le decía que en un futuro harían un viaje encima de su moto por las llanuras de los Estados Unidos, que pararían en cada Motel “para descansar” y que después continuarían su camino.
Tener un amante extra también tenía sus ventajas; dos regalos de cumpleaños, dos semanas de vacaciones en agosto y doble número de posibilidades de que la invitaran a cenar. Nunca se sintió mal, qué culpa tenía ella -se preguntaba- de que a parte de ser indecisa también fuera una mujer caprichosa.
(Imagen: Agatha Katzensprung)

05 septiembre 2006

Domesticación de animales


Todas las chicas de quinto curso de primaria del prestigioso centro “Ohio School con proyecto pedagógico bilingüe” tenían como mascota a un gatito persa. Sami, Mini, Anita y Nini eran los nombres de las mascotas de sus cuatro mejores amigas. Natasha había escogido ya el nombre para su felino: Dalila. Al llegar a casa, una preciosa mansión palaciega a las afueras de la ciudad, la señora Roshemore recibió la noticia horrorizada.

- ¿Un gato?, ¡ni hablar! A esos bichos se les cae el pelo, se quedarán pegados en la moqueta, en la ropa, y ese olor…- entonces arrugó la nariz, frunció el ceño y torció la boca hacia el lado derecho. La misma mueca que se creaba en su cara cuando escuchaba una palabra de mal gusto-. Ni hablar.

A la señora Roshemore le disgustaba no poder complacer las necesidades de su única hija.

- Si quieres- continuó- te compraremos un canario de África, con pedigrí, educado y de muchos colores.

Natasha impuso una severa disciplina a su canario africano. Todas las mañanas le repetía 300 veces (en bloques de 20) la frase: “Soy un gato persa”, estaba convencida de que con perseverancia pronto sería capaz de repetirla. Después ataba unos cordeles a sus patas y lo sacaba a pasear a la calle. Además le daba de comer unas bolitas deshidratadas con altas propiedades nutritivas; nunca consiguió que probara el atún. Un día Dalila se escapó cuando su dueña olvidó cerrar la trampilla de su jaula. Natasha no lloró; sabía que su mascota andaría por alguno de los tejados de la ciudad intentando cazar alguna paloma. Estaba convencida de que regresaría.
(Imagen: Lovisa Ringborg)

31 agosto 2006

Miss Universo


Fue la primera Miss Universo. El concurso se realizó en Londres como parte de las celebraciones de año nuevo. No esperaba ganar el premio, aunque la verdad es que destacaba entre las demás candidatas; quizá puntuaron como positivos sus labios finos, su cuerpo espigado o sus ojos claros y vidriosos. Tenía una curiosa belleza nórdica a pesar de haber nacido en Perú, por eso no pasó desapercibida por el jurado que se decantó por ella sin ninguna clase de dudas. Ella sería la ganadora de la banda, de la corona, del contrato por un año de los almacenes Sunshine Beauty y del primer título de Miss Universo. A partir de ese momento a Laidy Daniella le hicieron cambiar su nombre por Missyuni, una abreviatura del título, mucho más comercial y que la haría reconocible al instante.
Pocas horas después pasó a hacer demostraciones diarias en Sunshine Beauty para todo aquel que tuviera la curiosidad de conocer a la mujer más bella del Universo. Enseñaba la tostadora y sus novedosas funciones: “encendido: On, apagado: Off”. Daba a conocer la máquina-trituradora de 7 cuchillas perfecta para hamburguesas, el mono de Nylon quema-calorías, el rizapestañas, las plantillas absorbe-olores para zapatillas y cualquier artilugio que se almacenara en las baldas de los grandes almacenes. Eso sí, las demostraciones siempre con la corona y los zapatos de cuña. Todo el mundo le recordaba lo bella que era casi a cada minuto. Así que no tuvo otra opción; acabó por creérselo.
Hoy Misyuni se ha mirado en el espejo, ha visto su piel flácida en los brazos, la tripa descolgada, el pecho en la cintura, grasa en la cadera y arrugas como cicatrices que le troceaban el cuerpo en millones de fragmentos. Ya no era perfecta, ya no quedaba nada de lo que fue; era vieja y fea. Pero no permitiría que el tiempo se quedara con su corona: lo único que tenía. Missyuni ha cerrado la puerta con llave y se ha prometido conservarla no abriéndola jamás.
(Imagen: Bobbie Moline-Kramer)

29 agosto 2006

Princesa de plastilina


Boblablú era la princesa del país del mundo de plastilina. Detestaba los vestidos porque se sentía ridícula con ellos, prefería las faldas cortas, esas que tanto disgustaban a su padre, el rey. Bloblablú no quería comer canapés, ni llevar corsé, ni diademas de aguamarinas, ni pintarse los labios, ni tener que rizarse el pelo con las tenacillas todas las mañanas. Ni ponerse el collar que le dejó su abuela en herencia. No le gustaban los príncipes, eran feos; con el pelo pegado a la frente, la raya a un lado, y la camisa de cuadros. No le gustaban los mocasines, ni las vacaciones en yate, odiaba el vino, aunque fuera de la campiña francesa. Le repugnaban los brindis. Bloblabú quería ser una estrella del porno. Le gustaba el cuero, la lencería, las medias de seda y los escotes pronunciados. No quería ser blandita y hacer reír a los niños.

Entonces, con un golpe seco y contundente el niño aplastó la figura de plastilina. Odiaba los muñecos cursis de su hermana.
Y quizá este fue el mejor final que la princesa podía desear.
(Imagen: Fran Kunert)

26 agosto 2006

El Mirador



Nunca supo con certeza en qué momento terminó todo. En qué segundo hubiera dado la vida por él y en cuál se descubrió atusándose el pelo en un gesto de coquetería al recoger el coche del taller. En qué parcela de tiempo optó por desabrocharse un botón de la camisa justo antes de entrar en la ferretería de los hermanos Artexe. Cuál es el preciso instante que separa los dos abismos.
Aún ella le arreglaba la camisa, le combinaba el traje de los domingos e intentaba, aunque sin éxito, quitarle esa maldita manía de llevar algún complemento de fieltro en la cabeza. “En el norte los hombres son más viriles con sombrero”, le decía él justo antes de salir a la calle. Ella se limitaba a asentir y a plancharle con la mano alguna última arruga de la chaqueta. Salían a la calle, bordeaban la plazuela porticada, tomaban la primera calle a la derecha; una pequeña cuesta empedrada, se sentaban en el mismo banco en que él le pidió matrimonio, recordaban aquel momento, subían quince escaleras, y ya habían llegado. El mismo ritual de los domingos desde hacía años. Quizá lo único que varió fue la cadencia de los pasos; ahora más lentos y silenciosos.

Desde El Mirador se tomaron alguna vez todas las fotografías de las postales que se vendían en los estancos, papelerías y tiendas de souvenirs como recuerdo de la ciudad. Entonces él la agarraba por la cintura y le decía:
- ¿Verdad que la vista impresiona?
Ciertamente después de 20 años no impresionaba demasiado, pero ella se obligaba en arquear las cejas para componer una expresión de sorpresa. Ella se obligaba a quererle.
La realidad es que desde hacía no más de un par de años, a las 7 de la tarde 56 segundos había acabado todo.

(Imagen: Rodney Smith)

20 agosto 2006

Piel fría


Era 4 de agosto. Cuando nació, las matronas apartaron con cuidado las sábanas, para que la primeriza no confundiera aquel cuerpecito con la impoluta tela, y la dejaron suavemente en el regazo de su madre. Horas después el doctor explicó a la asustada madre que aquella niña era albina y que su piel era incompatible con los rayos solares, por eso sólo podría salir a la calle por las noches. Quizá para compensar esta pérdida y poco antes de que madre e hija se situaran delante de la pila bautismal, le susurró al cura que la bautizara con el nombre de Luz.

Desde el alumbramiento nunca más se volvieron a descorrer las cortinas en aquella casa. La pequeña por la mañana recibía clases de matemáticas, naturaleza, física, química y lengua latina. Para cubrir las horas de la tarde aprendió a tocar el violín. Siempre fue una alumna aventajada.

Luz siempre vestía con colores pálidos, delicados tejidos bordados que a veces modificaba ella misma. Le gustaba el blanco, posiblemente porque hacía que destacara en la oscuridad.

En el pueblo comenzó a extenderse la voz: alguien había visto un espectro. La gente mayor solía mirarla de reojo, estaban convencidos de que podría hechizarles. Los jóvenes, eran más cautos. Sabían que Luz tenía unas medidas proporcionadas, y, aunque en silencio, admiraban sus movimientos elegantes. Decían que su piel era fría (ellos alguna vez se preguntaron si serían capaces de templarla), además se comentaba que nunca nadie había escuchado uno sólo de los latidos de su corazón. Alguna vez en secreto cada uno de ellos se imaginó del brazo de Luz: todos querían saber cómo besaba un fantasma.

08 julio 2006

Mecanógrafo profesional


Rafael Saldaña trabajaba como mecanógrafo profesional para la guía telefónica de una poderosa compañía de ámbito estatal; durante ocho horas diarias introducía en el ordenador aproximadamente unos mil seiscientos nombres con sus respectivos apellidos, dirección del domicilio y teléfono de contacto. Cuando le explicaba a sus compañeros del C.M.S.A.L (“Colectivo de Manualidades Sin Animo de Lucro”) su profesión, aseguraba que era un escritor bastante reconocido y que todos los años editaba una obra anual. Aunque ninguno de los miembros del grupo reconocía haber visto ningún título de Rafael Saldaña, todos sus receptores afirmaban por miedo a descubrir ante los demás su desafortunada ignorancia.

Después de una dura jornada de trabajo Rafael Saldaña ponía cubiertos para uno, cenaba, se lavaba los dientes y se introducía en la cama. Antes de dormir le gustaba hacer balance. Rafael Saldaña sabía que su aportación a la sociedad era valiosa:

Cada año juntaba aproximadamente a 522 parejas, aunque de estas un tercio utilizaría la misma vía para terminar con la relación. Según sus cálculos, dos tercios -trescientas cuarenta y ocho- prosperarían. Sin su ayuda nunca hubiera sido posible la venta de objetos de segunda o tercera mano, ni el regalo de mascotas, colchones o bicicletas estáticas. Algunos encontrarían trabajo y otros a un antiguo amigo del que creían haber perdido todo contacto. Unos pocos utilizarían su obra como calzador para mesas que cojean.

Entonces, justo antes de que las ondas de su cerebro pasaran del estado alfa al theta y diera así por inaugurado su sueño, Rafael Saldaña sonreía; sabía con seguridad que era el hombre más afortunado que conocía.

(Imagen: Rosa Muñoz)

05 julio 2006

Penoso debut


Nadie quiso descubrirlo pero después de la última página de aquellos libros, le seguían cinco tomos nunca escritos que nadie colocaría en una de las baldas de "Casa del libro” y que ninguna revista recogería como uno de los 10 más vendidos del verano. Vargas Llosa no contó que meses más tarde, tras el epílogo y después de su éxito, Armando, el personaje, acabó suicidándose. Bárbara Wood no se molestó en recoger cómo ocho meses después de que Julia encontrara a su “pareja perfecta” encontró en el bolsillo de su hombre un tiquet de club de carretera; “El mirador, 45 euros, IVA incluido. Le atendió la srta. Ana, Gracias”. Lucía Etxebarría se olvidó de incluir que Nicolás a pesar de ser homosexual reconocido y aceptado, acabó siendo adicto a las pastillitas de colores, su descanso era artificial, su sonrisa en blíster de 31 antidepresivos, uno diario, también.

Julián Borrachero, ha comenzado a preparar el que será su debut como escritor. Después de pensarlo concienzudamente durante alrededor de dos años y cinco meses, ha enviado a todas las editoriales de Madrid su primer manuscrito, una única página, 11 palabras: “Desengáñese, después de un final feliz, siempre hay una inaceptable mentira”. Los críticos no han tardado en calificar su primera, única y última obra como “Penoso debut”. Eso sí, la presentación ha sido extremadamente cuidada, casi preciosista; Letra Times New Roman, negrita, centrada a tamaño 16.
(Imagen: Smith Eugene)

01 julio 2006

Botoxine S.L.


Trabajaba en el Empire State Building como directora de la central de Botoxine S.L., una prestigiosa y reconocida marca que vendía inyecciones con la dosis exacta de botox para que todo aquel que lo quisiera pudiera aparentar diez años menos, por unos días, adquiriendo el producto en cualquier drugstore de la ciudad. La sede principal con 97 delegaciones repartidas en cinco continentes, se ubicaba en el piso 102 del edificio, contaba además con 68 suboficinistas, 18 de los mejores químicos y científicos del mundo, un prestigioso gabinete de periodistas que se encargaba de cuidar la imagen en prensa y un nutrido grupo de publicistas con mentes ágiles.

Mary Jane, la directora, dominaba quince idiomas entre los que se encontraba el Gaélico, el Yiddish y el Bretón, muy útiles para poder comunicarse hasta con la última franquicia de Botoxine S.L. Se expidieron cinco licenciaturas con su nombre en la secretaria de la universidad de Boston. Tres másters y alrededor de una cuarentena de cursos completaban su currículo; quizá por todo esto su sueldo mensual ascendía a los 7.200 euros mensuales, todo un logro.

Sin embargo, la directora esperaba cada día la hora del descanso: las 11 de la mañana. Entonces saltaban los salvapantallas de los ordenadores, la máquina empezaba a expender cafés y Mary Jane subía a la terraza, sin hacer apenas ruido. En esos treinta minutos del día en que nadie reclamaba su presencia, abría los brazos para equilibrar su peso y con pasos firmes recorría el borde de la construcción a 381 metros de altura. Cada vez lo hacía mejor; Mary Jane deseaba ser funambulista.

(Imagen: Rodney Smith)

23 junio 2006

Charlote


Conoció a Charlote cuando ella ejercía la profesión de modelo de escaparate en unos grandes almacenes: “Pendientes y gargantilla Tous 527 euros, vestido Carolina Herrera 1.250 euros”. Dependiendo del día Charlote podía pasar por una alta ejecutiva, de pose altanera y mirada perdida en referentes macroeconómicos y subidas del Ibex. Otras veces, Charlote parecía mostrarse como una afamada escritora que podía haber vendido, perfectamente, más de un millón de copias de la saga de libros del niño superdotado que vivía en Urano. Quizá también podía haber conseguido que tradujeran a quince idiomas la historia del valeroso caballero que no podía portar su casco por un problema en el cuero cabelludo.

Desoía a quienes le decían que su esposa tenía una piel demasiado fría, que su conversación era prácticamente nula, que jamás sonreía y que a veces estaba como ausente. Charlote representaba todas las metas que él no había podido conseguir, por eso una tarde de mayo le juró amor eterno. ¿Y qué, si Charlote sufría un problema en la dermis, si su genética desarrolló un exceso de moléculas gigantes llamadas polímeros… y qué si tenía un exceso de plástico en el cuerpo? “Nadie entenderá nunca nada” se repetía. Amaba a Charlote; no por lo que era, sino por lo que podía llegar a ser.

(Imagen: Elena Dorfman)