15 febrero 2007
Dos negritos
08 febrero 2007
Católico apostólico
23 enero 2007
Cambio climático
Nunca aceptó los cheques; “575 euros, páguese al portador”, “Vale por una semana en Holiday Park Resort; ¡ni se lo imagina!” que le llegaban a su nombre a la dirección postal de la televisión estatal para la que trabajaba. Jamás pensó por un segundo en aceptar los chantajes de complejos hoteleros, chiringuitos de playa, estaciones de ski, acuaparks o parques temáticos. El hombre del tiempo, en su espacio de cinco minutos, explicaba detallada y minuciosamente cómo afectaría, durante la jornada, la calima en la recogida de percebes y berberechos o cómo influían los anticiclones en que la ropa encogiera tras el lavado. Y por qué las rachas de leve a moderado alterarían el ciclo menstrual de las menopáusicas y qué tenían que ver las depresiones barométricas en las probabilidades de que los maridos consiguieran o no clavar un cuadro con éxito en las próximas 24 horas.
Precisamente porque todo estaba interconectado, le parecía inaceptable informar en su espacio de las nueve y cuarto de la noche que el próximo fin de semana los termómetros rozarían las temperaturas máximas (para que de esta manera los apartahoteles llenaran sus reservas), cuando en realidad era la época más propicia para buscar caracoles. Aunque le tentaran, tampoco era capaz de “aconsejar” a los televidentes a que ataran las tablas de snow en la vaca del coche sin pensarlo, en un invierno en el que se podían deshojar margaritas.
Única y excepcionalmente, se atrevió a modificar el parte meteorológico aquel domingo. No pudo resistirse en culpar a ese “terrible anticiclón” que estaba entrando por Ceuta y Melilla, para invitar a los recolectores de setas y de trufas a que se quedaran a leer el suplemento dominical en el calor del hogar; no había nada en el mundo que le diera más placer que salir a pasear por un campo solitario encima de su globo sonda.
El lunes siempre estaría a tiempo de rectificar achacándolo al cambio climático.
(Imagen:3amfromkyoto)
14 enero 2007
Polvos de arroz
14 diciembre 2006
Adolescente a los 40
Debía haberse pasado hace unos cuantos años al café solo y a la sacarina, dejar de echarse cacao a la leche; acudir al primer bar que viera abierto por las mañanas y pedir un desayuno cualquiera “rápido, por favor”. Toleraba mal las cenas de navidad de la empresa porque le costaba seguir una conversación filosófico-poética mientras se concentraba en apartar con disimulo los guisantes y la zanahoria de la ensaladilla; aún no soportaba la textura de determinadas verduras y hortalizas. Le avergonzaba que le recriminaran que siguiera mordiéndose las uñas y muchos no creían que pudiera salir de casa sin pañuelos de papel y sin un protector gástrico en prácticos sobres de 1’5 mg dentro el bolso para después de las comidas. Tenía que haber empezado a pensar en lencería fina, en ir al cine Doré y comenzar a ver películas en versión original. Mover el dial, abandonar los cuarenta principales, pasarse al jazz, al vino espumoso, invertir en arte, olvidar los amores platónicos, tirar las bolsas de palomitas de colores que guardaba en la despensa para los días festivos…regalárselas al portero, despegar el póster de John Travolta de la pared de su habitación y cambiarlo por uno de Pollock. La adolescente a los 40 no había podido modificar su hábitos, sabía que sus costumbres se habían prolongado por un periodo de tiempo no demasiado habitual, pero en su contradicción se preguntaba a quién podía hacer daño que aún se emocionara al encontrar la letra de la sopa que le faltaba para terminar de construir su nombre en el fondo del plato: R-O-S-A-R-I-
“A nadie”- se repetía. Y continuaba buscando.
22 noviembre 2006
Obviedades
Dolores quería un hombre que le dijera que se cortaría el dedo gordo del pie si ella le enviaba un sms de madrugada pidiéndoselo, esperaba un hombre que contratara a la tuna para cantarle al alba y celebrar, así, que se acababa de dar mechas en el pelo. Necesitaba que ese señor al despertarse le dijera que iría hasta la costa “más cercana” (a más de 374 kilómetros de Madrid) a pescar un atún para la comida, que sólo se preocupara del perejil. Quería un hombre que se aprendiera de memoria la obra de Percy Bysshe Shelley y de Lord Byron para recitársela si se le rompía una uña. O es que… ¿acaso era pedir demasiado a un enamorado?
16 octubre 2006
Coffee-gofre express

Diane había conseguido ser la empleada del mes una media de 52 semanas al año, puntuación que debería multiplicarse por sus cerca de treinta como empleada en el “Coffee-gofre express”. Eran pocos y en muy escasas ocasiones los trabajadores que conseguían sacarle ventaja. Recuerda que un tal Robert lo logró al preparar el mayor número de tortitas por minuto que se había visto hasta el momento, en otra ocasión la afortunada fue Clarice, su sencilla premisa “mayor número de propinas directamente proporcional al ángulo de abertura de mi escote” tuvo excelentes resultados. El resto de ocasiones solía ser Diane la merecedora de la distinción mensual de la empresa.
A Diane le gustaba ser servicial; dos dedos de espuma en el café (siempre), doble de chocolate (para los chicos jóvenes), sacarina (para las señoritas con minifalda), puro (en la bandeja de los hombres con bigote), croissant con mermelada (para las madres que acaban de llevar a sus hijos al colegio), bollos de leche (para las abuelas que acaban de recoger a sus nietos de extraescolar). La experiencia hacía que su trabajo fuera más eficaz, rápido y mecánico. Por eso ahora le era fácil dedicar menos tiempo a tomar nota, preparar el servicio y servirlo en la mesa -siempre de manera excelente- para dedicar el resto de su jornada a lo que realmente le gustaba de su trabajo: observar y hacer conjeturas. En la 3 un joven escribía panfletos “medicina natural y alternativa contra el insomnio de su pez doméstico. Llame sin compromiso”. Probablemente el negocio funcione, pensaba. En la 4 un par de adolescentes se cogían la mano, sonreían y se besaban tímidamente cerrando los ojos con fuerza. La camarera calculaba mentalmente el tiempo que les quedaba para agotar la primera fase de enamoramiento y las probabilidades de que ella le fuera infiel al chico por el que ahora pestañeaba teatralmente.
En el fondo Diane era una romántica que forraba con hojas de periódico sus libros de Danielle Steel. Lo que realmente le motivaba todas las mañanas cuando se colocaba su atuendo de trabajo (cardado de pelo, chaqueta satinada y blusa color rosa palo) era pensar que hoy sería el “Gran Día”: la jornada en que un desconocido le pediría un batido de fresa maxi-size con barquillo, sirope de naranja y dos pajitas; una para él y otra para la empleada del mes.
(Imagen: Matt Hoyle)
05 octubre 2006
Sesenta y tres por ciento
El mismo día que Mashumi cumplió los treinta y seis decidió abrir una franquicia, no porque no pudiera atender a la demanda de todos los Shuame, sino porque ella también quería contratar los servicios de su empresa.
26 septiembre 2006
La publicación
En un extenso reportaje de unas 10 páginas se describía la historia familiar y se daban consejos útiles con titulares como: “50 claves para que vuestra familia se parezca a la de los Chapman” o “Construid juntos un submarino de maqueta como el del señor Chapman”. La publicación fue un éxito, les llegaron cartas para felicitarles por la fortaleza de sus lazos desde países que nunca habían escuchado: Suiza, España, Holanda o Zimbawe. Entonces se abrazaban y lloraban emocionados. Cuando recibieron el ejemplar en su domicilio se sintieron profundamente satisfechos, les encantaba la expresión de su rostro, los colores brillantes, el vestuario y el decorado que habían escogido para la fotografía: el taburete, las babuchas, la alfombra persa, el color de la corbata, la enciclopedia como alzador… lástima que a mamá Chapman se le olvidara pintarse las uñas de su color favorito.
(Imagen: Robyn Cumming)
18 septiembre 2006
Cazarrecompensas
Después y casi por obligación tuvo que devolver a Duni, el gato de angora de la señora Loggins, 300 dólares por la mascota de compañía. Luego fueron relojes con incrustaciones de cuarzo -500 dólares-, carteras de Louis Vuitton -450 dólares-, caniches, malteses o chihuahuas de pelo corto y brillante. Era fácil encontrar a las dueñas de cada pertenencia; todas las entregas llevaban escondida una pequeña indicación, un teléfono o número de puerta.
El cazarrecompensas entonces accedía a tomar té, limonada, magdalenas caseras y barquillos sin azúcar cuando los maridos se habían ido, o quince años después de que hubieran muerto; devolviendo así cada entrega con un extra de lubricidad. Antes de irse tomaba los sobres que las señoras le daban con la suma de dinero que éste consideraba aceptable “dependiendo de la distancia, dificultad y riesgo”-decía, “dependiendo de las arrugas y la turgencia de la piel”-pensaba. El cazarrecompensas aseguraba así una segunda entrega.
12 septiembre 2006
Colirio de farmacia
05 septiembre 2006
Domesticación de animales
- ¿Un gato?, ¡ni hablar! A esos bichos se les cae el pelo, se quedarán pegados en la moqueta, en la ropa, y ese olor…- entonces arrugó la nariz, frunció el ceño y torció la boca hacia el lado derecho. La misma mueca que se creaba en su cara cuando escuchaba una palabra de mal gusto-. Ni hablar.
A la señora Roshemore le disgustaba no poder complacer las necesidades de su única hija.
- Si quieres- continuó- te compraremos un canario de África, con pedigrí, educado y de muchos colores.
Natasha impuso una severa disciplina a su canario africano. Todas las mañanas le repetía 300 veces (en bloques de 20) la frase: “Soy un gato persa”, estaba convencida de que con perseverancia pronto sería capaz de repetirla. Después ataba unos cordeles a sus patas y lo sacaba a pasear a la calle. Además le daba de comer unas bolitas deshidratadas con altas propiedades nutritivas; nunca consiguió que probara el atún. Un día Dalila se escapó cuando su dueña olvidó cerrar la trampilla de su jaula. Natasha no lloró; sabía que su mascota andaría por alguno de los tejados de la ciudad intentando cazar alguna paloma. Estaba convencida de que regresaría.
31 agosto 2006
Miss Universo
29 agosto 2006
Princesa de plastilina

Boblablú era la princesa del país del mundo de plastilina. Detestaba los vestidos porque se sentía ridícula con ellos, prefería las faldas cortas, esas que tanto disgustaban a su padre, el rey. Bloblablú no quería comer canapés, ni llevar corsé, ni diademas de aguamarinas, ni pintarse los labios, ni tener que rizarse el pelo con las tenacillas todas las mañanas. Ni ponerse el collar que le dejó su abuela en herencia. No le gustaban los príncipes, eran feos; con el pelo pegado a la frente, la raya a un lado, y la camisa de cuadros. No le gustaban los mocasines, ni las vacaciones en yate, odiaba el vino, aunque fuera de la campiña francesa. Le repugnaban los brindis. Bloblabú quería ser una estrella del porno. Le gustaba el cuero, la lencería, las medias de seda y los escotes pronunciados. No quería ser blandita y hacer reír a los niños.
Entonces, con un golpe seco y contundente el niño aplastó la figura de plastilina. Odiaba los muñecos cursis de su hermana.
26 agosto 2006
El Mirador

Nunca supo con certeza en qué momento terminó todo. En qué segundo hubiera dado la vida por él y en cuál se descubrió atusándose el pelo en un gesto de coquetería al recoger el coche del taller. En qué parcela de tiempo optó por desabrocharse un botón de la camisa justo antes de entrar en la ferretería de los hermanos Artexe. Cuál es el preciso instante que separa los dos abismos.
Desde El Mirador se tomaron alguna vez todas las fotografías de las postales que se vendían en los estancos, papelerías y tiendas de souvenirs como recuerdo de la ciudad. Entonces él la agarraba por la cintura y le decía:
(Imagen: Rodney Smith)
20 agosto 2006
Piel fría

Era 4 de agosto. Cuando nació, las matronas apartaron con cuidado las sábanas, para que la primeriza no confundiera aquel cuerpecito con la impoluta tela, y la dejaron suavemente en el regazo de su madre. Horas después el doctor explicó a la asustada madre que aquella niña era albina y que su piel era incompatible con los rayos solares, por eso sólo podría salir a la calle por las noches. Quizá para compensar esta pérdida y poco antes de que madre e hija se situaran delante de la pila bautismal, le susurró al cura que la bautizara con el nombre de Luz.
Desde el alumbramiento nunca más se volvieron a descorrer las cortinas en aquella casa. La pequeña por la mañana recibía clases de matemáticas, naturaleza, física, química y lengua latina. Para cubrir las horas de la tarde aprendió a tocar el violín. Siempre fue una alumna aventajada.
Luz siempre vestía con colores pálidos, delicados tejidos bordados que a veces modificaba ella misma. Le gustaba el blanco, posiblemente porque hacía que destacara en la oscuridad.
En el pueblo comenzó a extenderse la voz: alguien había visto un espectro. La gente mayor solía mirarla de reojo, estaban convencidos de que podría hechizarles. Los jóvenes, eran más cautos. Sabían que Luz tenía unas medidas proporcionadas, y, aunque en silencio, admiraban sus movimientos elegantes. Decían que su piel era fría (ellos alguna vez se preguntaron si serían capaces de templarla), además se comentaba que nunca nadie había escuchado uno sólo de los latidos de su corazón. Alguna vez en secreto cada uno de ellos se imaginó del brazo de Luz: todos querían saber cómo besaba un fantasma.
08 julio 2006
Mecanógrafo profesional
Después de una dura jornada de trabajo Rafael Saldaña ponía cubiertos para uno, cenaba, se lavaba los dientes y se introducía en la cama. Antes de dormir le gustaba hacer balance. Rafael Saldaña sabía que su aportación a la sociedad era valiosa:
Cada año juntaba aproximadamente a 522 parejas, aunque de estas un tercio utilizaría la misma vía para terminar con la relación. Según sus cálculos, dos tercios -trescientas cuarenta y ocho- prosperarían. Sin su ayuda nunca hubiera sido posible la venta de objetos de segunda o tercera mano, ni el regalo de mascotas, colchones o bicicletas estáticas. Algunos encontrarían trabajo y otros a un antiguo amigo del que creían haber perdido todo contacto. Unos pocos utilizarían su obra como calzador para mesas que cojean.
Entonces, justo antes de que las ondas de su cerebro pasaran del estado alfa al theta y diera así por inaugurado su sueño, Rafael Saldaña sonreía; sabía con seguridad que era el hombre más afortunado que conocía.
05 julio 2006
Penoso debut
Julián Borrachero, ha comenzado a preparar el que será su debut como escritor. Después de pensarlo concienzudamente durante alrededor de dos años y cinco meses, ha enviado a todas las editoriales de Madrid su primer manuscrito, una única página, 11 palabras: “Desengáñese, después de un final feliz, siempre hay una inaceptable mentira”. Los críticos no han tardado en calificar su primera, única y última obra como “Penoso debut”. Eso sí, la presentación ha sido extremadamente cuidada, casi preciosista; Letra Times New Roman, negrita, centrada a tamaño 16.
01 julio 2006
Botoxine S.L.
Mary Jane, la directora, dominaba quince idiomas entre los que se encontraba el Gaélico, el Yiddish y el Bretón, muy útiles para poder comunicarse hasta con la última franquicia de Botoxine S.L. Se expidieron cinco licenciaturas con su nombre en la secretaria de la universidad de Boston. Tres másters y alrededor de una cuarentena de cursos completaban su currículo; quizá por todo esto su sueldo mensual ascendía a los 7.200 euros mensuales, todo un logro.
Sin embargo, la directora esperaba cada día la hora del descanso: las 11 de la mañana. Entonces saltaban los salvapantallas de los ordenadores, la máquina empezaba a expender cafés y Mary Jane subía a la terraza, sin hacer apenas ruido. En esos treinta minutos del día en que nadie reclamaba su presencia, abría los brazos para equilibrar su peso y con pasos firmes recorría el borde de la construcción a 381 metros de altura. Cada vez lo hacía mejor; Mary Jane deseaba ser funambulista.
(Imagen: Rodney Smith)
23 junio 2006
Charlote
Conoció a Charlote cuando ella ejercía la profesión de modelo de escaparate en unos grandes almacenes: “Pendientes y gargantilla Tous 527 euros, vestido Carolina Herrera 1.250 euros”. Dependiendo del día Charlote podía pasar por una alta ejecutiva, de pose altanera y mirada perdida en referentes macroeconómicos y subidas del Ibex. Otras veces, Charlote parecía mostrarse como una afamada escritora que podía haber vendido, perfectamente, más de un millón de copias de la saga de libros del niño superdotado que vivía en Urano. Quizá también podía haber conseguido que tradujeran a quince idiomas la historia del valeroso caballero que no podía portar su casco por un problema en el cuero cabelludo.
Desoía a quienes le decían que su esposa tenía una piel demasiado fría, que su conversación era prácticamente nula, que jamás sonreía y que a veces estaba como ausente. Charlote representaba todas las metas que él no había podido conseguir, por eso una tarde de mayo le juró amor eterno. ¿Y qué, si Charlote sufría un problema en la dermis, si su genética desarrolló un exceso de moléculas gigantes llamadas polímeros… y qué si tenía un exceso de plástico en el cuerpo? “Nadie entenderá nunca nada” se repetía. Amaba a Charlote; no por lo que era, sino por lo que podía llegar a ser.
(Imagen: Elena Dorfman)














