13 abril 2008

Edgar (a la manera de Edgar)


Edgar te cita en uno de esos barrios que huelen a alubias, a curry, a papaya, a chutney de verduras y te dice “te voy a llevar al lugar que Pauline me descubrió hace un tiempo”. Porque sí, han pasado los años, ha ascendido en su trabajo, ha comprado muebles de diseño y da órdenes levantando una ceja pero él aún sigue buscándola entre los estantes de la librería, en la parada del autobús, en los mostradores de cadenas de comida rápida. Entonces se despista y no sabe muy bien si era la primera a la derecha o todo recto la segunda bordeando el primer edificio a mano izquierda, pero finalmente consigue enderezar el camino, encuentra el lugar y sin perder más tiempo (antes de que llegue el camarero con su libretita colgada al cuello), aprovecha para hablar de literatura. Te ruega que releeas a Eloy Tizón y sabes que, aunque no muestre ningún síntoma evidente, siente un pinchazo entre el estómago y las costillas cuando le dices que menudo bodrio, que dejaste a medias el libro de Fernández Mallo, que no tienes ni remota idea de quién fue el último premio Cervantes, cuando le cuentas que nunca has podido terminar el Quijote, que escribes así, como ahora, a lo loco, sin pensarlo demasiado, sin tachar frases, sin cambiar palabras, porque no te lo tomas muy en serio. Te argumenta por qué ya no está interesado en las historias (presentación, nudo, desenlace) y a qué se debe la necesidad que siente por explorar el fragmento.

Poco después, casi avergonzado, te pregunta por el sentido de la vida, por el verdadero-significado-de-la-vida; la razón que te mueve a apagar el despertador cada mañana, programar la lavadora o meter tu ropa en maletas y pasar un control en el aeropuerto cada día rojo del calendario. Entonces sin saber muy bien qué contestar, le dices algo que suene optimista, algo sobre la capacidad de sorpresa, sobre el arte a partir de Modigliani, no sé... algo de tu carrera, tus textos, la felicidad, sabiendo que no tienes ni idea y que estás resultando ridícula. Luego te enseña un cuaderno en donde lee algo sobre unos bultos y unos virus y una consulta médica y una señora muy gorda y entonces sí, justo antes de pedir la cuenta, te dice que él es esto y lo otro pero que (y en este momento te mira con una media sonrisa, casi disculpándose) también es escritor.

Imagen: Franceradium

5 comentarios:

Edgar Quinet dijo...

también soy muy afortunado por aparecer en este post!!!!

Qué sorpresa. Llevo mucho sin encender el ordenador por razones que imaginas y fíjate tú la alegría que me he llevado al entrar aquí!

Es un honor.

Edgar Quinet dijo...

y acabo de fijarme en el detalle de la imagen, los fragmentos, el collage.

:-)

Patricia dijo...

Ya lo hablamos entonces... personalidad inspiradora querido Edgar.

Otra vez a viajar al olvido... dijo...

muy bueno!

J.S. de Montfort dijo...

nice