14 marzo 2006

Las muñecas


Marion Bourseguin despreciaba aquellas muñecas porque le recordaban a su infancia, al libro de firmas de su primera comunión y a los calcetines bordados por la hermana de su madre. Por eso un día tomó la decisión de dejarlas olvidadas “por casualidad” en el patio trasero de casa. Ella quería ser mayor, empezar a rellenar su escote con papel higiénico, adquirir uno de esos sujetadores de puntillas en cualquier marché, enseñar sus piernas “por descuido”, quería quitarse las gafas de pasta que se pegaban a su cara de forma horrenda, y sobre todo deseaba empezar a descubrir qué era eso de jugar con los hombres.

Encima de los hierbajos las muñecas olvidadas se oxidaron casi de igual forma que lo hicieron hace años la bici de su hermano Grégory, las llantas del Citröen de papá y el trillador del abuelo. Aunque en realidad no sufrieron el mismo proceso; el sol hizo bultos en sus caras antes tersas y angelicales, se pudrieron al sol y comenzaron a abombarse partes de sus extremidades como hubieran sido atacadas por un enjambre de abejas; una cruel y despiadada alergia.

Siendo Bourseguin aún una precoz inexperta en el juego amatorio (no podía controlar que dejaran de sudarle las manos cada vez que se apartaban a rincones “en donde no les molestara la luz”) y una de esas pocas veces que su madre consiguió que le obedeciera, salió a tender la colada al patio. Después de tantos meses, se quedó mirando con arrogancia a aquellos bultos inexpresivos y en voz alta dijo:

- Vaya… No sabía que las muñecas envejecierais tan mal.

2 comentarios:

slesnor dijo...

Decididamente Bourseguin jugaba a ser mayor.

Bicos e apertas

Patricia dijo...

Slesnor, sin duda eres mi lectora VIP, puedes pedir todas las copas gratis que quieras en la barra y entrar si quieres con zapatillas de deporte y chándal. :)