15 marzo 2008

El peligro de la corriente de aire


Y te vas. Quitas los pósters de las paredes con cuidado para no dejar demasiadas marcas en la pared y que de esta forma el casero no te retenga la fianza, metes tus cosas en cajas que antes guardaban una lavadora, un lavavajillas o pañales para pérdida de orina, procuras no olvidarte el cargador del móvil, el secador de pelo, los apuntes de clase, la estufa, el diccionario de sinónimos, de francés y de italiano. Limpias la nevera, tiras el zumo biofrutas por el fregadero, la lata de atún abierta (a la bolsa de reciclar envases), el calabacín que quedó olvidado hace unos meses en el final de la balda. Preguntas a tus compañeras de piso si les gustan los yogures desnatados con trozos de fruta, la menestra, los brotes de soja que guardas en el congelador o en la despensa. Si dicen sí, mueves tus cosas a sus cajones. Luego lo de siempre, vuelves a los bares, pides una cerveza, encuentras a similares chicos, con idéntica conversación (aunque con marcas de pantalones diferentes y rayas de pelo en distintos lados de la coronilla), recorres las mismas zonas de Madrid, las mismas tiendas de ropa y de zapatos, los mismos kebab, sabiendo que es el último-todo; la última vez que sales a comprar el periódico en chándal por tu barrio, la última vez que miras el correo en el buzón, la última vez que esperas (a alguien que te envía un mensaje al móvil “llego 10 minutos tarde”) en la parada de metro de Tribunal, la última... Por supuesto, haces una fiesta, te emborrachas, lloras. Con el rimel corrido y el pintalabios en la mejilla izquierda le dices a todo el mundo cuánto les echarás de menos, das abrazos, sacas un pañuelo del bolso, buscas con urgencia un lavabo, te tropiezas, te ríes.

Pero ante todo no debes preocuparte, al día siguiente (la mañana en la que coges un avión de una aerolínea de bajo coste, un tren de alta velocidad, un autobús destartalado) todo seguirá su curso; el primer metro saldrá desde la cabecera a las 6’00 de la mañana, la portera fregará el portal a las 8’15 (hora en la que solías pisarle el suelo para ir a clase), la cafetería de la esquina venderá la primera napolitana de jamón york y queso de la jornada a las 9’10 y los abuelitos de la puerta de enfrente (segundo, segunda) seguirán discutiendo por si cambiar o no de canal o por si lo más conveniente sería cerrar la ventana por el peligro de la corriente de aire.


(Imagen: Gentelmen's club)

6 comentarios:

Edgar Quinet dijo...

vaya vaya, noto cierta nostalgia y eso que aun no te has ido!!!! veo el futuro próximo.
y parece que no has perdido la maña, estoy deseando leer tu nuevo blog, con el fondo blanco a ser posible :-)

Faramalla dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Faramalla dijo...

No me queda más remedio que dejarme invadir por el prodigio. A veces es preciso ser indelicado por delicadeza.

Saludos, joven.

Recaredo Veredas dijo...

Hola Patricia. Bonita descripción de un momento que todos hemos vivido y que todos reconocemos. Saludos.

lady desidia dijo...

No recuerdo cómo he llegado hasta aquí, pero tu blog ha conseguido retrasar todos mis buenos propósitos mañaneros, mis felicitaciones por estos pedazo de textos. Ya estoy enganchada.

Tocotó dijo...

Buen viaje. Siempre se pone uno triste pero luego uno se recupera y afronta las novedades con muchas ganas.