
- El vestido, demasiado soso… - Le susurró Anabella, su suegra, a las puertas de la iglesia, minutos antes de que se dispusiera a pronunciar el monosílabo mágico que le uniría a su hijo eternamente.
Repitió las dos palabras dentro de su cabeza dos mil doscientas cincuenta y cuatro veces. “Demasiado soso, demasiado soso, demasiado soso, demasiado soso… Necesito un toque original". La vez dos mil doscientas cincuenta y cinco fue silenciada por el sonido de un clic del fotógrafo encargado del reportaje de tan feliz evento.
“Siempre tan complaciente”. Pensó Anabella a la vez que se elevaban ligeramente las comisuras de su boca, en un signo que pareció componer una leve sonrisa.